Sicilia
Sucesivamente griega, árabe, normanda y española, y ni una sola vez conquistadora. Lo que queda es una isla del tamaño de un país pequeño, con tres costas que no se parecen entre sí.
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Tres costas, tres caracteres: el de la montaña en el norte, el del volcán en el este, el de África en el sur. Cómo es cada una al pisarla —los pueblos asomados al agua, la roca negra, los acantilados de marga y el scirocco— lo cuentan las páginas de arriba, más cerca del terreno que describen.
La isla es un triángulo con un cabo en cada vértice, como recuerda el antiguo nombre de Trinacria. De Trapani a Siracusa, de un extremo a otro, son cuatro horas y media; la travesía del estrecho, en el otro extremo, dura veinte minutos en ferri. En la parte oriental las distancias son cortas: de Catania a Siracusa o a Taormina, alrededor de una hora en cada caso. Lo que cuesta es unir los dos extremos de la isla: de Palermo a Siracusa son tres horas y media, y aquí nada va en línea recta.
Tres partes, trazadas bajo dominio árabe: Val di Mazara en el oeste, Val Demone en el noreste, Val di Noto en el sureste. Los normandos mantuvieron la división, que sobrevivió hasta 1812. Lo que ese desequilibrio dejó en el mapa —los topónimos, el pan, las fachadas de las iglesias— está en la página de historia.
Primavera y otoño son la respuesta fácil: el interior verde que se dora en mayo, el mar todavía cálido hasta entrado octubre. Lejos de la costa, julio y agosto son más calurosos de lo que espera la mayoría de los visitantes, y son los que antes se llenan, en torno a las fiestas y la vendimia; las páginas de fiestas y gastronomía, más arriba, recogen el calendario con más detalle.